Manuel Arrechedera relata para La Gran Cadena Melodías el caos vivido durante los sismos de 7,2 y 7,5, la angustia por su familia y la solidaridad del pueblo venezolano.
Caracas, Venezuela. El pasado 24 de junio, Venezuela fue sacudida por dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5, que afectaron principalmente la zona norte del país, dejando una estela de destrucción, miedo y dolor en ciudades como Caracas, Valencia y La Guaira. En medio de este panorama desolador, el testimonio de sus habitantes refleja no solo el pánico del momento, sino la increíble capacidad de resiliencia y solidaridad del ser humano.
Manuel Arrechedera Calzadilla, un ciudadano residente en Caracas, vivió en carne propia la furia de la naturaleza. En comunicación exclusiva con La Gran Cadena Melodías, Manuel describió minuto a minuto cómo se desmoronó la calma de un día festivo. «Yo estaba durmiendo cuando hubo un destello de luz. Bajé las escaleras y sentí cómo se movían de un lado a otro, mientras escuchaba gritos desgarradores», relató con la voz entrecortada.
El momento más crítico para Manuel fue cuando recordó a su hijo menor, de tan solo dos años. «Tuve que subir al tercer piso y lo encontré abrazado al perro, literalmente asustado, sin entender qué sucedía. Para él, todo parecía una fiesta extraña», explicó. La angustia se multiplicó al no poder contactar a su esposa y a su otro hijo de cuatro años, quienes se encontraban en Ciudad Caribe, La Guaira, una de las zonas más devastadas por el movimiento telúrico.
La incertidumbre y la falta de comunicación, sumadas a los cortes de luz y de señal telefónica, convirtieron esas primeras horas en una verdadera pesadilla. «La mente me carcomía pensando que algo les había pasado. No pude dormir. Salí en mi moto a buscar señal y fue cuando vi la magnitud de la catástrofe», agregó. Al llegar a La Guaira al día siguiente, Manuel se encontró con una imagen que lo marcaría para siempre: su hijo durmiendo en el piso, rodeado de edificios agrietados y familias enteras refugiándose en las calles.
EL DOLOR DE VER A LOS NIÑOS Y LA SOLIDARIDAD DEL PUEBLO
Entre las imágenes más fuertes que le tocó vivir, Manuel destacó la vulnerabilidad de los más pequeños. «Ver a niños en las autopistas, debajo de los puentes, refugiados con una sábana, muchos de ellos sin sus padres. Esa es la imagen que más duele. Se aferraban a mí pidiendo comida, un poco de agua. Verlos me partió el alma porque pensé que podrían ser mis hijos», confesó.
Sin embargo, en medio de la tragedia, la solidaridad del pueblo venezolano brilló con luz propia. Manuel destacó la rápida reacción de los ciudadanos, quienes se organizaron para llevar ayuda a los damnificados. «Fue maravilloso ver cómo el venezolano se unió. La gente llevaba lo que tenía, así fuera una harina, dos arepas o un poco de agua. Empresas y emprendedores también colaboraron. Pero la ayuda llega de manera engorrosa a las zonas más afectadas, y en muchos lugares el agua llega cada 15 días o un mes», detalló.
Actualmente, las autoridades, Protección Civil y la Cruz Roja se encuentran trabajando en las zonas de desastre, recomendando el uso de tapabocas para evitar posibles epidemias debido a la descomposición de los cuerpos. La falta de servicios básicos como la luz y el agua siguen siendo un desafío constante para la recuperación de la región.
UN MENSAJE AL MUNDO
Antes de finalizar, Manuel dejó un emotivo mensaje para todos los argentinos y el mundo que siguen su historia a través de los medios. «Lo más importante es que abracen a sus familiares. Abracen a sus hijos, a sus padres, díganles que los aman. Uno nunca sabe el día de mañana. Tengan fe y ayuden al prójimo. La vida es frágil, y el amor y la unión familiar son lo único que nos sostiene en momentos así», sentenció.
«La Guaira se va a levantar, pero necesitamos tiempo, ayuda y, sobre todo, la fortaleza de saber que no estamos solos», concluyó Manuel, quien perdió amigos y conocidos en esta tragedia, pero mantiene viva la esperanza de un futuro mejor.
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