por Luis Gatti
La semana que transcurre deja en evidencia una vez más cómo la lógica de la volatilidad y la crisis institucional se ha convertido en la marca registrada de la política argentina. La exposición de audios que involucran a figuras cercanas al poder ha vuelto a encender las alarmas.
Por un lado, los escándalos de corrupción que surgen desde distintos rincones del poder parecen confirmar que, en ocasiones, la línea que separa la política de la delincuencia se vuelve difusa. Los audios filtrados, en particular los que comprometen a la familia del presidente Javier Milei, evidencian una trama que no solo involucra prácticas ilícitas, sino también una preocupante naturalización de estas conductas.
Por otro lado, estos hechos ocurren en un contexto social altamente polarizado, donde el discurso agresivo y la violencia verbal en todos los ámbitos —político, mediático y cotidiano— parecen haberse naturalizado. La violencia en la calle, las amenazas y los enfrentamientos que se expresan en medios y redes sociales reflejan una sociedad que, lejos de unirse en tiempos difíciles, ha optado por la confrontación.
Es imprescindible que la dirigencia política asuma la responsabilidad de generar un clima de diálogo y respeto. La política, que debería ser un espacio de negociación y construcción, parece haber sido secuestrada por la lógica del enfrentamiento constante. La descalificación, los insultos y las estrategias de división profundizan aún más la grieta social.
Este escenario no se puede seguir sosteniendo. La Argentina necesita urgentemente un cambio de actitud, un compromiso real con la honestidad y la transparencia, y un esfuerzo colectivo por construir una cultura política basada en la ética y el respeto mutuo. Las decisiones que tomen los líderes en estos tiempos no solo definirán su mandato, sino que también determinarán el destino de una nación que ansía volver a confiar en sus instituciones y en sus representantes.
Es tiempo de dejar atrás la impunidad, de fortalecer las instituciones y de recuperar el valor de la política como herramienta de transformación social. Solo así podremos superar la encrucijada en la que hoy estamos y encaminar el país hacia un futuro más justo y próspero.